Aranceles "espejo". ¿Para qué?

Everardo Elizondo
Cd. de México (11 junio 2018).- La decisión de Donald Trump de establecer aranceles al acero y al aluminio no fue una sorpresa. En todo caso, fue "un golpe cantado".

Cuando Trump primero decretó (y luego pospuso) la medida, surgieron de inmediato opiniones mexicanas sugiriendo que la represalia "lógica" sería actuar en forma similar: establecer aranceles tanto sobre productos de acero como sobre otros bienes. En aquel tiempo, comenté en estas páginas que tales sugerencias me parecían inapropiadas. Fue un adjetivo cortés.

El Gobierno mexicano ha anunciado ya una "reacción espejo", poniendo aranceles al acero, a las lámparas, a la carne de puerco, a los embutidos, a algunas frutas, a diversos quesos, etc. El problema es que ello causará, sin remedio: 1) un aumento de los precios internos de los productos en cuestión, perjudicando al consumidor nacional; y, 2) un daño al empresario local, que utiliza algunos de los bienes en cuestión como insumos de un producto final. Por ejemplo, México es un importador neto de manzanas. Un arancel a las frutas proveniente de Estados Unidos, incrementará su precio y, entre otras cosas, también los precios de los pies y de los alimentos para bebés. El pagador del gravamen, cuando menos en parte, será el consumidor.

Así pues, ¿qué sentido tiene la reacción mexicana? Los que entienden de estrategias, dicen que la idea es reducir las importaciones mexicanas de los productos gravados, lo que disminuirá las ventas de los agricultores, los ganaderos y los industriales, ubicados en varios estados de la Unión Americana. Entonces, los afectados presionarán a Trump para que desista de sus afanes proteccionistas. Tal secuencia no es imposible, pero, en mi opinión de lego, Trump es inmune en el corto plazo a dichas influencias. La prueba al respecto es que no ha cambiado de posición sobre la renegociación del TLC.

-.-.-.-.-.-.-.-

Adam Smith expuso, hace casi 250 años, la falacia principal del proteccionismo. Desde entonces, los esfuerzos de los (buenos) economistas por erradicarla han sido en vano. La falacia consiste en ignorar que la producción y el comercio son sólo medios; el fin de la actividad económica es el consumo (presente y futuro). Smith lo dice (obviamente) mejor que yo: "Siempre es, y siempre debe ser, el interés del grueso de la gente comprar lo que quiere a quien sea que lo venda más barato".

El proteccionismo no es invención trumpiana. En 2009, el Gobierno de Obama lanzó un programa "estimulante" de gasto público, y el Congreso especificó que los proyectos de construcción, financiados con las erogaciones consecuentes, deberían usar sólo hierro y acero producido en Estados Unidos. Fue inútil aclarar a los legisladores que la limitación no crearía muchos empleos, porque la producción de acero es intensiva en capital. Tampoco sirvió insistir que el proteccionismo fortalece sin duda a la industria amparada, pero a costa de canalizarle recursos en forma artificial. Esto significa que emigran de alguna otra parte de la economía, debilitándola en consecuencia.

¿Hay argumentos económicos en favor del proteccionismo? En teoría, hay tres atendibles: 1) un país (o grupo de ellos) con poder de mercado a nivel mundial en la producción de algo (v.gr., petróleo, la OPEP), puede limitar su exportación y elevar el precio; 2) hay actividades que benefician no sólo a quien las lleva a cabo, sino también a terceros (v.gr., un desarrollo tecnológico); en esas circunstancias, una forma de subsidio consiste en una protección arancelaria; y, 3) una industria nacional joven ("infantil", incipiente) quizá no posea una ventaja competitiva inicial, pero puede adquirirla si se le da tiempo; una manera de propiciar ese desarrollo es resguardarla de la competencia externa. (En este caso, el problema consiste en que el protegido tiende a quedarse en la "guardería"). En la práctica, ninguna de las tres posibilidades mencionadas ha escapado a la crítica, teórica y empírica.

El fondo del asunto está en otra parte: a menudo, el proteccionismo es una postura muy atractiva políticamente, cuando menos en el medio plazo. Por un lado, favorece a grupos cuya influencia política es desproporcionada en relación con su importancia económica; por el otro, aumenta la injerencia del gobierno. Esa combinación de intereses con frecuencia resulta irresistible.

El autor es profesor de Economía en la EGADE, Business School, ITESM

Comparte este contenido:

Compartir en facebook
Facebook
Compartir en twitter
Twitter
Compartir en linkedin
LinkedIn
Compartir en pinterest
Pinterest