La nueva política de EU hacia China es la misma

En entregas previas comentamos que la elección de Joe Biden no ha cambiado sustancialmente la visión de EE.UU. respecto de China y el reto que ésta representa para el liderazgo estadounidense en el mundo.

Consideremos la dimensión comercial. Recordemos que el presidente Donald Trump inició una guerra comercial con China al incrementar los aranceles a prácticamente todas las importaciones chinas, y endureció las condiciones para que las empresas chinas pudieran hacer negocios en EE.UU.

Antes de que iniciara la pandemia, en enero del 2020, China y EE.UU. firmaron un acuerdo, llamado “Fase 1”, que en teoría serviría para incrementar las compras chinas de productos estadounidenses, reducir algunos aranceles y promover una mejor protección a los derechos de propiedad intelectual. Entonces, parecía que alcanzar este acuerdo era un paso clave para la reelección de Donald Trump.

Pero, tanto los resultados del acuerdo Fase 1, como la campaña para la reelección de Trump se quedaron cortos, de modo que cuando Biden entró a la Casa Blanca, parecía haber razones para esperar un cambio de estrategia. Inmediatamente, se hizo notorio que Joe Biden no criticó como tal los métodos de Trump, sino que se concentró en el hecho de que EE.UU. dejara a un lado a sus aliados para atender lo que, en su visión, era un problema importante para todo el mundo.

Durante diez meses esperamos algún anuncio sobre la política hacia China hasta que, finalmente, el pasado 4 de octubre, la Embajadora Katherine Tai, Representante Comercial de EE.UU., anunció la “nueva” visión de EE.UU. respecto de su relación comercial con este país. Dicha visión tiene el objetivo de “defender los intereses de los trabajadores estadounidenses y de fortalecer a la clase media de EE.UU.”

¿Cómo harán eso? A través de revisar el cumplimiento de los compromisos de China en el acuerdo “Fase 1”; de lanzar un programa de exención limitada de aranceles en aquellos productos que EE.UU. decida; continuar cuestionando las prácticas comerciales estatistas y de no mercado del gobierno chino; y trabajando con sus aliados para definir las reglas comerciales del siglo 21. Ninguno de estos elementos son diferentes de las cosas que hace apenas dos años, bajo otra administración, se presentaron como la gran solución al reto chino.

Hay razones para pensar que, al menos en el corto plazo, esta estrategia no será exitosa. China ciertamente no ha realizado las compras de productos estadounidenses a las que se comprometió, pero podría argumentar que las condiciones de la pandemia se lo impidieron. En lo que respecta a la exención de aranceles, será una labor titánica para la autoridad estadounidense decidir, ante la avalancha de solicitudes que vendrán, quién sí merece la excepción – aunque de acuerdo con declaraciones de la Embajadora Tai, serán las pequeñas y medianas empresas las que encabezarán la lista.

Aunque convenientemente ya no se recuerda, la administración Trump unió fuerzas con la Unión Europea y Japón para coordinar esfuerzos y elevar la presión sobre China en temas como las subvenciones a las empresas estatales y la transferencia forzada de tecnología. Aunque estos esfuerzos no culminaron en una gran alianza en la Organización Mundial del Comercio (OMC), sí es evidencia de que, incluso antes de esta “nueva” solución al reto chino, EE.UU. encontró países con intereses similares respecto a China.

¿Qué otras acciones podría tomar EE.UU., con mayores posibilidades de éxito? Personalmente, me parece que acciones como el plan de infraestructura o las inversiones en la relocalización de ciertas industrias estratégicas pueden ser una buena plataforma para generar actividad económica, innovación y mayores oportunidades de comercio con los socios tradicionales de EE.UU.

Adicionalmente, creo que EE.UU. debería considerar su regreso al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (TIPAT) – o a una versión revisada de dicho acuerdo – para señalar a sus socios que el futuro del comercio asiático será más exitoso incorporando contenido estadounidense. Si esto no ocurre, será imposible no comparar el nivel y la profundidad de las acciones de EE.UU. con lo que China ha respondido en turno: el país asiático envió señales estratégicas, como fue su solicitud de ingresar al TIPAT y la conclusión de las negociaciones de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP).

En todo caso, el riesgo es que Washington, ante las enormes transformaciones que vienen y ante las decisiones de realpolitik que EE.UU. debe tomar, decida relegar su agenda comercial a un segundo o tercer plano.

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