Evitar el peor de los mundos

El consenso entre los expertos señala que el crecimiento de la economía mexicana en 2021 fue de 5.5 por ciento y que en este año será de 2.8 por ciento, de acuerdo con la encuesta quincenal de Citibanamex.

Dicho sondeo ya también incluye estimados para el año 2023, para el que por ahora se calcula un crecimiento de 2.2 por ciento.

¿Qué significan las cifras anteriores?

Que cuando concluyamos el quinto año de este gobierno, el Producto Interno Bruto (PIB) habría crecido en 1.5 por ciento respecto al nivel que teníamos en el 2018.

Pero, si estimamos lo que ocurriría con el PIB por habitante, entonces el resultado sería una caída de 3.4 por ciento hacia el quinto año de esta administración.

Ni haciendo auténticos milagros podremos tener un saldo positivo del PIB per cápita en este gobierno.

Si el presidente López Obrador quiere proponer otra métrica para no verse tan mal en sus resultados en cuanto a crecimiento, más vale que se apure.

Pero, quizás la problemática económica más grave no sea el resultado de los años que vienen, sino los efectos de largo plazo de la anemia que padecemos.

Como le he comentado insistentemente en este espacio, el factor determinante para el crecimiento, de hoy pero sobre todo de mañana, es la inversión.

El nivel con el que acabamos 2021 es inferior en 13 por ciento al que teníamos al finalizar 2018.

Esta semana conocimos que el Consejo Coordinador Empresarial y el gobierno federal preparan un nuevo paquete de proyectos de infraestructura.

Hasta ahora el conjunto de proyectos que se han anunciado en las conferencias mañaneras han fructificado de manera muy limitada.

Le recuerdo tan sólo el proyecto del Tren México-Querétaro, anunciado en octubre de 2020 y que implicaba una inversión de 51 mil 300 millones de pesos. No tiene ni para cuándo iniciar.

No dudo que en el nuevo paquete que se anuncie haya algunos que sí se realicen, pero no producirán un nuevo dinamismo a la economía mexicana por lo menos a escala nacional.

Para reactivar el crecimiento lo que se necesitaría es una nueva visión del gobierno respecto a la inversión privada.

Más que agradecimientos como los expresados por el presidente López Obrador al comenzar este año, los empresarios necesitan certidumbre. Y hace mucho que no la tienen.

En los indicadores sobre la confianza empresarial calculados por el INEGI, que fueron dados a conocer al comenzar esta semana, el más rezagado de todos ellos es el relativo a la existencia de condiciones adecuadas para invertir. No las hay.

Y no se ve en el escenario un giro que permita pensar en que en los próximos años vaya a resucitar la inversión privada.

Me parece que la mejor de las perspectivas es llegar ordenadamente a la “otra orilla”. Es decir, que aunque la economía crezca poco en lo que resta del sexenio, al menos no estalle una crisis financiera.

El peor de los mundos que pudiéramos tener es un final “echeverrista” o “lopezportillista” del sexenio, cuando se combinaron una recesión y una crisis financiera.

Ese sí sería el peor de los mundos posibles.

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